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Deportes y Comunicación | March 21, 2019

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¿Eres tus hijos?

¿Eres tus hijos?
ivanferrer

Dos cosas he aprendido a sangre y fuego, durante la primera parte de la temporada 2018/19. Son dos temas que en principio son muy meridianos y claros. Pero que las situaciones prácticas y reales, unidas al afecto por tus hijos lo acaban difuminando y enturbiando como el agua de un lago profundo. A base de ostias y sufrimiento lo he interiorizado, pero me ha quedado claro y espero haber aprendido de ello.

1) No soy Anna. No soy Oriol. Soy Ivan, un aliado de su viaje; no el mío.
No lo considero una virtud, pero creo que tengo una alta tolerancia al dolor. Con unos 7 u 8 años me fracturé el tallo verde jugando al fútbol sala en el colegio. Resbalé controlando el balón y me cayó un contrario encima del brazo. Eso fue un sábado. Mi madre, muy campechana ella, me dijo que en dos días eso estaba curado. El martes hice piscina y le dije al profesor que no podría ir tan rápido como el resto porque me dolía un poco el brazo. Por la tarde, me alié con mi padre para que me llevara al hospital y volví a casa con el yeso puesto.

Con veintitantos, me rompieron los ligamentos del pie de una bonita entrada. Revisando una radiografía del pie, el médico me enseñó que tenía una fisura antigua que me había hecho hacía mucho y de la cual no me había dado ni cuenta.

Anna, el 26 de enero jugaba en Igualada. El día antes, durante el entrenamiento se dio un golpe en la cadera. Cuando se levantó para ir a jugar se empezó a quejar que le dolía mucho y que no podía ir a jugar. La verdad que tenía un morado de tamaño XXL. La cuestión es que el Ivan niño, con 11 años, hubiera ido a jugar sí o sí, aunque hubiera estado mermado. Por eso me dejó en shock que tres horas antes del partido tomara mi hija esa decisión. Pero Anna, en una reacción que la honora, decidió que no estaba al 100% y que no iba a poder ayudar a su equipo en esas condiciones.

2) Yo no soy sus entrenadores. Soy simplemente su padre.
Estaría horas infinitas viendo partidos en los que juega Anna (Oriol, de momento, participa en algún torneo de forma esporádica y puntual). En cambio, debo reconocer que ver entrenar a mis hijos lo encuentro soporífero. Con Anna es muy fácil; la dejo en la cancha y la recojo al acabar. En el caso de Oriol es diferente y, como aún es muy pequeño, me quedo en la pista mientras se ejercita. Y me pone negro cuando va con el stick como si fuera una azada o una metralleta. Y le digo: “Oriol, el paloooooooo”. O cuando se pasa y no le hace caso a Carles, su entrenador, le riño desde la banda. Pero me estoy dando cuenta que me caliento solo y que me meto en un espacio que no me toca; así que a partir del próximo entrenamiento me centraré solo en la conversación con los otros padres y le daré el botellín de agua cuando me lo pida. Punto y final…

¿Te cuesta quedarte al margen? ¿Intentas imponer tu criterio aunque no te toque?

photo credit: Seattle Parks & Recreation DSC00774 via photopin (license)

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