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Deportes y Comunicación | January 21, 2018

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¿Pequeños detalles sin importancia?

¿Pequeños detalles sin importancia?
ivanferrer

Una carrera de ultradistancia se planifica con meses de antelación, se va cociendo a fuego lento. Se aleja mucho de la vertiginosa filosofía imperante hoy día del “¡¡¡aquí y ya!!! Y si es sin ningún tipo de esfuerzo, pues mejor…” Adolescentes que, enganchados a la inmediatez de su móvil, se desesperan porqué faltan tres minutos para que llegue el tranvía (pobrecitos, vaya eternidad…). Pero el gran día se acaba decidiendo por pequeños detalles imprevistos que, a simple vista, no tienen demasiada trascendencia.

En el parte metereológico daban, para la tarde de la Matagalls-Montserrat, lluvia y tormenta. Me angustiaba la posibilidad bastante real de encontrarme el recorrido mojado, sobre todo por las zonas de piedras, que se tornarían muy resbaladizas. Por esa razón, decidí hacer los primeros kilómetros de bajada rápido, para ahorrarme la lluvia. Mi portadorsal (es básicamente una cinta atada con un cierre a mi cintura), que ya está bastante dado de sí, se me fue escurriendo sin darme cuenta y acabó en plena pendiente entre mis rodillas. Tras el susto de rigor y para no perder ritmo me até el portadorsal en marcha, como pude, quedándome el dorsal de papel incrustado entre mi espalda la mochila. El resultado fue que cuando llegué a primer avituallamiento, en Aiguafreda, mi dorsal, desde el kilometro 15 al 70, se me había borrado todo (gracias a una nefasta combinación de sudor y roce). Así tenía perdida la referencia del perfil por kilómetros y no sabía exactamente cuando subiría y en qué momento bajaría.

Llegué una hora antes de lo previsto al avituallamiento de mitad de carrera. Allí me esperaban mi club de fans: Puri, mis dos Annas, Paula, Angel, Manolo y Chus. Y creo que ese esfuerzo lo pagué en los segundos 40 Km, que se me hicieron eternos. Llegué muy cansado al último avituallamiento, a falta de unos 12 km. Ahí perdí la noción del tiempo. Creo que estuve unos 30 minutos parado. Recuerdo que me sentaron súper bien dos yogures de limón que me tomé. Cogí tres veces gominolas de ositos de colores a puñados (lo que me cabía en la boca) y recargué la mochila de agua. Me senté un par de veces en el suelo. Quería irme de allí para encarar el tramo final, pero mi cuerpo me pedía calma.

Cuando inicié la carrera de nuevo, me había quedado tieso. Tenía mucho frío y me castañeaban los dientes. Durante unos breves instantes me acecharon pensamientos acerca de la hipotermia, pero rápidamente los aparté y empecé a frotarme los brazos y las piernas. El resultado final fue una sonrisa de oreja a oreja, con mi mujer esperándome en las escaleras finales del Monasterio de Montserrat. La tercera Matagalls a la saca, esta vez en 13 horas y 42 minutos.

¿Te angustian los imprevistos, tras meses de preparación? ¿O te los tomas deportivamente, como parte extra del reto?

photo credit: Pollen grains of Field Scabious (downscaled 320×240) via photopin (license)

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