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Deportes y Comunicación | July 24, 2021

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¿Vergüenza yo?

¿Vergüenza yo?
ivanferrer

Hace unos días tuve la experiencia online más surrealista de mi vida. Es sobradamente conocido, por mi entorno más cercano, de mis dificultades con la tecnología y los múltiples e inhóspitos caminos que recorro para eludirla. Como ejemplo os diré que, para intentar huir de la ordenación automática de canales sabía que en la tele de la cocina el 34 era el de TV3, cuando el 31 era el espacio destinado al canal autonómico en el aparato del comedor. Aún recuerdo la incredulidad del personal y el posterior descojone monumental, cuando lo expliqué un mediodía a los compañeros de trabajo (para más inri, estaba entonces en la división de electrónica de consumo en Sony).

Sepultado en mi messenger de Facebook, que solo tengo activado en su versión de ordenador (no en el móvil), encontré un mensaje de uno de mis primos de Alhama de Almería felicitándome las fiestas. Le contesté casi para desearle un buen verano; como hay confianza dejé la vergüenza de lado.

Pero lo más fuerte vino cuando detecté, aún más escondido, un mensaje de hacía 5 años de un tal Miguelito Piqué Martín. Entré en su perfil, para ver si era una cuenta fake y ¡¡¡booom!!! viajé de golpe con mi DeLorean particular a Málaga, alrededor de 1990. Miguel, de la clase de 7º B de los Salesianos, integrante del, para mí, mítico equipo que jugó la final del torneo escolar de Málaga de baloncesto (como ya he dicho en más de una ocasión no gané nunca ninguna de las que jugué a lo largo de mi vida).

Si la memoria no me falla jugábamos Alberto, Miguel, Toni, Salva, un chico del que no recuerdo su nombre pero al que llamábamos con guasa Carlos Valdés (por su parecido con el del anuncio), David (maldito 1+1 que no entró para ganar la final), Juan Carlos y Robles (los dos y únicos pívots que teníamos) y yo mismo (seguramente me deje a alguien pero la mente, por el momento, no me da para más), entrenados por Dani (qué paciencia que tenía el probre chaval con nosotros).

Después vinieron más recuerdos; su hermano Yacky y Jesús, su madre (una de las pocas acompañantes que teníamos en unos años en los que rara vez los padres iban a ver a sus hijos practicar deporte), el día que Miguel se enfadó conmigo porqué fuimos a hacer una prueba al equipo del Blas Infante y yo decidí quedarme donde estaba, cuando vino a mi casa a pasar el día y la jornada que pasé yo en la suya. Los atracones que nos pegábamos de pasteles cada vez que acabábamos los partidos contra el Santa Rosa de Lima (combinación explosiva entre buenos y baratos). Los desplazamientos de todo el equipo dentro del 124 azul oscuro, conducido por mi madre…

Aún con más desvergüenza que en la situación anterior, contesté el mensaje con 5 años de retraso. Por suerte, Miguel no me mandó a freír espárragos (hubiera sido lo más normal del mundo). Ahora ya lo tengo en mi agenda telefónica y ya hemos hablado por whattsapp. Lo que me hubiera perdido por vergüenza…

Imagen de Сергей Корчанов en Pixabay

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