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¿Regalo envenenado?

El deporte puede ser uno de los elementos más divertidos y emocionantes con lo que puedes cruzarte en la vida. Pero es como todos los regalos: dependiendo del envoltorio, la situación en la que se ofrece y quién es el remitente, puede transformarse de una ofrenda maravillosa a algo a lo que odiar para el resto de la eternidad…

Este extremo lo aprendí entrevistando a Joana Juárez para un trabajo de la Facultad de Periodismo sobre jóvenes deportistas de élite. Su pasión se acabó convirtiendo en una realidad molesta y asfixiante. Hasta tal punto, que intentó abandonar la concentración a poco meses de los JJOO de Atlanta (aunque acabó cambiando de opinión y participando). Concentrada en Madrid -alejada de la familia-, pasando con una pera o una manzana todo el día si superaba más de 100 gramos su peso en el encuentro matutino con la báscula, repitiendo centenares de veces los ejercicios a ejecutar… Fue tal la presión de todo lo que tuvo que vivir y sobrellevar para alcanzar unos JJOO que, en el ejercicio de barras asimétricas, estuvo repitiéndose un mantra en su cabeza mientras ejecutaba la rutina de forma automática, sin pensar: “que se acabe ya, que se acabe ya…”. Lo que para todos los que la vieron por la tele era como un sueño inalcanzable, para ella fue una realidad ardua y tortuosa…

Por eso no me extraña que el mejor tesoro que tenía Gabriel Hugo Lanza para compartir con su familia -las entradas para ver el desenlace de la Copa Libertadores 2018- se haya convertido en su tumba como aficionado del fútbol. En esta ocasión el envoltorio mató al regalo…

¿Todo lo que rodea a un evento puede arruinarlo?

photo credit: verchmarco Ein Rentier mit Weihnachtsmütze und einem Weinachtbaum mit roten Geschenken auf weißem Hintergrund via photopin (license)

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