Este Seis Naciones me ha enganchado a un nivel que nunca antes había experimentado. Es, definitivamente, el que más he seguido en los últimos años (incluso se ha acabado enganchando mi hijo Oriol) y con el que he vibrado de forma más intensa. Ha sido el torneo más loco e imprevisible, en el que cualquier equipo podía dar la campanada. Daba igual su situación en la tabla clasificatoria, cualquiera podía ganar y ser vencido en cada contienda. Se llegó a la última jornada con tres escuadras aspirantes al título: Francia, Irlanda y Escocia. La única selección que dependía de sí misma era el XV del gallo, con permiso de Inglaterra (a la que se enfrentaba en el inigualable «Le Crunch»).
Tras acabar con las pocas esperanzas que tenía de que Escocia volviera a ser campeona (su última victoria se remonta al siglo pasado, en 1999, cuando aún era el Cinco Naciones, sin Italia), todo se acabaría decidiendo en el Stade de France. Los 80.000 espectadores vieron algo inaudito: dos equipos que jugaron desde el primer minuto sin concesiones, arriesgando al máximo y dejándose el alma en el campo para conseguir imponerse a su oponente.
Tras una batalla épica de 80 minutos, todo se decidió con un chute a palos de Thomas Ramos, con el tiempo cumplido, para poner en el electrónico el definitivo 48 -46 a favor de los galos. Uno de los locutores de Movistar + (nada que ver con los paletos que narran los partidos de fútbol) comentó que en los más de 20 años que llevaba narrando el Seis Naciones, ese fue el mejor Francia-Inglaterra que había visto nunca… Da igual si no eres un especialista en el mundo del rugby; si te gusta el deporte recupéralo, no te arrepentirás…
¿Sabes apreciar un buen partido?
