Desde 1982, año en el que entró en mi casa la televisión a color, he vivido 11 mundiales. Pero el desinterés empezó a inmiscuirse entre mi afición por el deporte y el fútbol. El buñuelo de Catar, jugándose a finales de año, ya fue de muy padre señor mío. Pero lo de la edición de 2026 ya no tiene nombre. Uno de los anfitriones (EEUU) atacando a uno de los participantes (Irán) y con su policía de inmigración dispuesta a hacer redadas por los estadios en cualquier momento. Entradas por la nubes, denegación masiva de visados a aficionados; incluso a un árbitro (el somalí Omar Artan) y registros de equipos como si fueran terroristas (Senegal y Uzbekistán). A todo esto, la mafia de la FIFA, con el capo Infantino a la cabeza, mirando hacia otro lado y pidiendo un triste, vacío y sórdido «chill & relax». Se ha convertido la actual Copa del Mundo en un tremebundo pan y circo neorromano en el que lo que menos importa es el deporte y solo manda la pasta y el espectáculo.
A este despropósito organizativo se le tiene que sumar la expansión del número de participantes (desde 32, hace cuatro años, hasta las 48 selecciones actuales); un coladero de equipos que convierten muchos partidos de la primera fase en productos de dudosa calidad…
Por todo ello, solo me motiva la porra que he hecho con Josep, Ancín y Eloi y el encuentro posmundial en el Bar Bodega Juan, para proclamar al ganador.
Imagen de Piet van de Wiel en Pixabay
