Aunque ayer lo intenté, no acaba de remontar mi interés por el Mundial. Duré diez minutos delante de la pantalla, hasta el primer gol de Lamine Yamal. Era tal el descontrol y la falta de recursos futbolísticos de Arabia Saudita que preferí emplear mi tiempo en ver la serie Ravalear (un muy buen retrato de la especulación inmobiliaria, las ocupaciones y el submundo de la vivienda a manos de fondos de inversión sin ecrúpulos ni alma).
Nos acercamos al tercio de competición y sigue habitando en mí, ese sentimiento tibio, de ni frío ni calor, con episodios de una mezcla de indiferencia y desasosiego. Pero entonces, sigo viendo cómo lo están gozando, a lo grande, los noruegos. Tras su larga ausencia en la máxima competición planetaria, han vuelto decididos a disfrutar de cada segundo de competición. Si su presentación ya fue épica y entrañable (primero ataviados como vikingos y después enfundados con las casacas de sus equipos de formación), su puesta en escena en la grada -y fuera de ella- ha creado tendencia y buenas vibraciones.
Ahora todas las aficiones envidian el gesto de remo, ese ruido acompasado y al unísono que protagoniza toda la afición noruega, como un solo espíritu, para empujar a los suyos hasta la victoria final. Desde las calles de Nueva York, pasando por el estadio, hasta llegar al mismísimo Parlamento. La conclusión es que mi desinterés por el Mundial 2026 de fútbol es inversamente proporcional a la moral vikinga para sus próximas batallas con un balón de por medio…
¿Te aburre o lo pasas en grande con la Copa del Mundo?
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