Si dos selecciones han sido fieles a su estilo, a lo largo de la joven historia centenaria del fútbol, no han sido otras que Italia y Brasil. La primera, llevó a su máximo exponente el catenaccio, borrada del mapa tras tres desastrosas fases de clasificación en los últimos doce años. La segunda, representó históricamente la alegría, el jogo bonito, el fútbol de ataque sin reservas.
Ayer sentí vergüenza ajena de la verdeamarela. Salió al campo a medio gas, como si tuviera la capacidad de destapar el tarro mágico de las esencias, en cualquier momento y a su antojo, para resolver el cruce de octavos ante Noruega, a la espera de encontrar rivales de mayor dificultad. La presión en ataque fue prácticamente nula. Andaban tanto los delanteros brasileños, que en ocasiones me dio la sensación que estaba viendo un partido de Subbuteo. La cámara enfocó a Rivaldo y Cafú (campeones en 2002), que debían estar retorciéndose en sus asientos, con el lamentable espectáculo que estaban ofreciendo sus compatriotas.
Y sin darse casi ni cuenta, de dos golpes certeros de remo, Haaland puso el 0-2 en el electrónico. Y entonces le entraron las prisas a la canarinha, en un deseperado plan para obrar el milagro. El punto folclórico lo dio Neymar, al que solo le faltó el taca-taca para circular por el campo. Sus amplias deficiencias físicas y su limitadura mental obraron el resto para interpretar su postrero papel como triste payaso sin gracia, en el penalty que transformó en el último suspiro…
La ambición y la ilusión vikingas acabaron con la medianía brasileña…
¿Debes ser siempre fiel a tus principios? ¿O dependiendo de la situación te los puedes saltar?
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