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¿Eres ridículamente ególatra?

Tengo bastante claro que ser extremadamente bueno desempeñando una determinada profesión no te convierte, automáticamente, en buena persona. Es más, puedes ser un número uno en tu oficio y en paralelo, operar como un completo idiota. Hay dos tipos de líderes en esta vida: los que convencen a los demás para que vayan con ellos hasta el fin del mundo o los que someten sin piedad al resto. Los primeros son una suerte de Flautista de Hamelin que seduce con su melodía vital; los segundos son una especie de agujeros negros que absorben toda la luz que hay a su alrededor para que nadie destaque; solo ellos. Uno tiene un efecto multiplicador positivo; el otro uno limitador nocivo.

Cristiano Ronaldo, una triste caricatura de lo que en su día fue (por mucho que le fastidie, siempre a la sombra de un irrepetible Messi), es de esa estirpe de humanos que están encantados de haberse conocido, sudando la palabra ególatra por todos los poros de su piel. Un estúpida y ridícula grandiosidad le persigue. Primero piensa en él, más tarde en él y finalmente… también en él. Es capaz de mostrar un enfado pueril al ver cómo un compañero le «quita» un gol o reclamar como un desquiciado un gol que marcó un compañero suyo de selección. El probre niñato siempre busca ser el foco de atención, su empatía con el resto del planeta es cero y su desprecio ajeno es infinito.

Y como nadie le ha dicho nunca que es eso -una mezcla de niñato ególatra e idiota-, sigue arrastrándose por una liga con exigencias estilo Meiland, para marcar no sé cuántos millones de goles y demostrando que genio y figura hasta la sepultura… No hace falta definir su última acción, las imágenes dicen más que mil palabras…

¿Intentas convencer a tus compañeros o los sometes despiadadamente?

Imagen de Rosy / Bad Homburg / Germany en Pixabay