Desde que cabeza de sobrasada cogió el timón del mundo, el muy imbécil está determinado a aniquilarlo. Y lo más sorprendente es que no estoy desvelando la trama de una nueva serie de manga distópica, sino que hablo de la triste y cruda realidad. Soy de la opinión que, si aplicáramos la lógica y el sentido común, todo sería infinitamente más sencillo y la mayor parte de problemas que azotan el planeta tendrían amplias opciones de resolverse.
El trofeo de Campeón de la Copa África está custodiado, actualmente, en una base militar, tras negarse Senegal a devolver un campeonato que le ha sido arrebatado en los despachos. Se avecina una batalla campal antológica en los despachos. Sencillamente, no entiendo nada. Si el tema estaba tan claro (la retirada era merecedora de eliminación), me resulta incomprensible que hayan tardado dos meses en tomar la decisión. Hubiera sido algo tan sencillo como, ante de tirar el penalty Brahim, dar por concluido el encuentro y declarar ganador a Marruecos. Los jerifaltes del mundo del fútbol -importa poco si es FIFA, mundial; UEFA, europea; CONMEBOL, sudamericana o CAF, africana- nunca dejan de sorprenderme, gracias a esa cutre mezcla de bajeza e ineptitud.
Y si no teníamos suficiente con el incendio, que se ha propagado como la pólvora, en África, siempre lo puede rematar, de forma totalmente pueril, un soldado francés con ganas de ser protagonista (registrando y colgando su entreno en Strava y difundiendo, de manera indirecta, la posición del portaaviones nuclear Charles de Gaulle en el que está embarcado). Con amigos así, ¿para qué necesitas enemigos?…
Ya lo decía mi padre, con su frase recurrente que repetía ante cualquier absurdidad que íbamos viviendo: «El món se’n va a la merda»…
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