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¿Pagarías 205€ por uno de los grandes momentos de tu vida?

En el ciclismo de élite estamos sumamente acostumbrados a ver a los deportistas sufrir ascendiendo puertos de montaña imposibles a velocidades inverosímiles, la tensión que se vive en el enjambre que constituye el pelotón colocando y lanzando abejas obreras a sus reinas como cohetes para disfrutar el frenético sprint de meta y el peligro constante al que se someten los kamikazes de las bajadas, superando los 100 km/h con unas ruedas que tienen una superficie máxima de 30 mm.

Pero en contadas ocasiones vemos expresiones de alegría y júbilo, más allá de la emoción explosiva que acompaña a la fugaz victoria de etapa o al esplendoroso triunfo final en la ronda gala, vistiendo el maillot amarillo. Son situaciones en las que la amistad, el amor y la cercanía entre aficionados y deportista pasan por delante del rigor, la importancia y la profesionalidad del momento.

Julien Bernard, en una subida llena de aficionados franceses, borró la pendiente de su mente y se dedicó a vivir el ambiente chocando manos, señalando al respetable y viviendo un auténtico homenaje en marcha. En un momento icónico en las subidas del Tour, en el que la carretera desaparece y se va abriendo de forma mágica a medida que el ciclista va avanzando (como Moisés hizo los las aguas del Mar Rojo), el ciclista del Lidl-Trek incluso se para y besa a su mujer y a su hijo pequeño.

Fueron dos minutos de gloria entre 21 días de tensión, sufrimiento y peligro constante…

¿Te puedes permitir momentos de euforia en tu trabajo?

Imagen de Pexels en Pixabay

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